Al parecer el gimnasio no se diferencia mucho de un campo de concentración. En él hay tanto judíos como arios. Y aunque no te gaseen en los vestuarios con gas mostaza, aunque lo preferirías antes que ver a algunos cuerpos, sí es verdad que la discriminación está presente.

El primer día todo es fantástico. Apenas hay gente, por eso elegiste este y no otro. Tienen el detalle de garantizarte tus ejercicios y que no tengas que esperar a que otro acabe, pues existe un cartel que reza así: "Dejar libre la maquina tras acabar una serie". Te enseñan el gimnasio con todo lujo de detalles. Aquí las maquinas para levantar peso, allí la cinta de correr y allá está el wáter. Te camelan diciéndote palabras que no entiendes, fruto de una diplomatura en educación física, como cardio-vascular, deltoides o creatina. Pero te da igual, te haces el enterado, porque te convences a ti mismo de que en apenas una semana sabrás de todo lo que te está hablando, es más, serás como ellos.

Ilusionado con una vida mejor, te sientas con el monitor, que viste una ropa negra, con la palabra monitor en todas partes, con camiseta muy estrecha para que marque lo que tú nunca tendrás. Te habla en plano picado, mientras tú te encojes y te cuenta que tendrás que hacer muchos estiramientos al principio y que 40 minutos en la bicicleta es suficiente para empezar (lo será para él). Te termina de rellenar la tabla con números tales como 3x20, 4x100 5/2, 2+2... que serán las repeticiones que debes llevar a cabo en tus correspondientes ejercicios. Por supuesto tú sabes hacerlos, no quieres quedar mal ante el tipo musculoso. Y respondes a la típica pregunta: ¿sabes cómo funciona? Con un sentencioso sí.

Durante la agonía en la bicicleta, los nachos, hamburguesas y pizzas, que te pesan como si llevaras una armadura grecorromana, comienzan a evaporarse de tu cuerpo. Aunque al llegar a casa, te premias el ejercicio con más ricos y rápidos de esos productos (el ciclo de la vida).

El ávido monitor, que sabe cómo eres, se te acerca, cuan traficante de drogas (de los menores, no de los narcotraficantes con mansiones) y te dice: ¡eh! ¿Has probado la L-carnitina? Y respondes: sí, eso de los yogures,¿no? Y él te lo aclara con un: Jeje, no hombre. Es un producto adelgazante "natural"... la frase acaba señalando al estante lleno de esos botes, con el recorte en cartón de él mismo sin camiseta, mientras te explica como tomarlo. Te quedas pensando y crees que es buena idea, pero cuesta demasiado y le respondes: oh pero yo como fruta, con eso tengo suficiente. Aquí empieza tu enemistad con ellos.

Los días pasan, poco a poco la amabilidad de la gente del gimnasio mengua. Las recepcionistas, que antes de conseguir que te apuntaras, te sonreían y te regalaban toallas para entrenar, ahora hacen un mero gesto con su mirada y te dejan pasar. Los monitores pasan de ti y los muscleman, también. Te miran con cierto desprecio y sólo sonríen a las chicas de culitos prietos y a algunos hombres de abdomen prieto. Hablan entre ellos de tendones y nuevas maquinas de levantar pesas, salidas de la última revista Men´s Health. Poco a poco, desprecian tu sudor (como hacían con Carlos Goñi) y cuando estas tranquilamente llevando a cabo tu ejercicio, el mismo que el monitor te prometió que duraría sólo una semana, pero llevas dos meses haciéndolo, los hombres más musculados se te acercan. Portando camisetas sin mangas te amenazan con un simple: ¿te queda mucho? Tu asustado dices que no, sólo una más. Cuando en realidad son 5 más las que te quedan. Pero da igual tú y tu barriga temíais por vuestra vida.

El baño nunca fue tu lugar favorito, porque desde el principio entraste y nadie te responde el saludo, luego acabas por hacer lo mismo. Y con el tiempo ni entrarás; te iras del lugar sin duchar, tirarás para casa oliendo a macho y si llegas a casa y no hueles ya a sudor, tal vez, ese olor dure algo más.

Llevas 3 meses ya y has pagado por un año. Montas todos los días en esa bicicleta durante 30 minutos enfrente de 3 o 4 televisiones, en las que sólo está la Eurosport, Kiss TV o con suerte La 2, piensas en no volver jamás. Llegas a casa, sigues comiendo y tu barriga, no desaparece, se hace más presente. Pero claro, esas agradables recepcionistas te ataron con un anual. Pagaste por todo, y mucho. Diste dinero por hacerte socio, por tener la tarjeta, por hacerte la foto, por poder entrar, por poder usar el baño, por beber Isostar, por hacerte la tarjeta (normalmente de cartón)... como resultado una millonada que no estás dispuesto a regalar.
Sin embargo un día te surge algo y no vas al gimnasio. No te parece tan mal y te salen más compromisos: se casa tu hermano, te despiden o te abducen los extraterrestres. Al final, cuando has faltado dos días la misma semana dices aquello de: ésta semana no voy ya. He aquí tu perdición. El principio del fin. Dejarás de ir y el gimnasio no te llamará para decirte dónde estás y porque no vas. Ellos esperan eso, porque se enriquecen mientras tú estás a otras cosas. Así acaban por tener más espacio para más gente como nosotros, que irán yéndose con el tiempo. Y el cartel de: "Dejar libre la maquina tras acabar una serie" jamás se cumple, porque no hay nadie para hacer la serie. Excepto el musculado de camisa sin mangas, que se encarga de mantener ese ecosistema.